Empecé a trabajar para Manel en el año 2012. Entré en principio para hacer una suplencia. La chica que tenía se iba de vacaciones un mes, pero ya no volvió y yo me quedé fija. Al cabo de dos semanas, él se cayó y se hizo daño, y a partir de ahí se ampliaron los trabajos. Antes era una vez a la semana.
En principio era mantener la casa porque él vivía solo y estaba poco en casa. Él estaba bien de salud. Iba todos los días a comer a un restaurante que había muy cerquita de su casa, y al que iba desde hacía un montón de años.
Cuando tuvo esa caída fue ingresado, creo que fueron tres meses. En todos estos años hemos estado mucho en hospitales: en Barcelona, en Blanes, en Girona.
Lo primero grave que tuvo fue la espalda. Empezamos en Blanes, luego nos enviaron a Barcelona, le intentaron juntar las vértebras. Y a partir de ahí le entró el virus de quirófano, porque no era quirófano ni nada donde se lo hicieron. Y a partir de ahí se le fue complicando la vida en salud. Le costó mucho de recuperarse, fue muy duro, pero él era sorprendente porque otro se hubiera bajado moralmente mucho y él era de los que dicen "es lo que hay". Le hicieron una operación que duró cinco horas, y al cabo de cinco días le repitieron la operación porque había quedado un clavo mal.
Luego la rehabilitación le fue bien, y la hacía también en casa. Él sabía que se tenía que mover, con más o menos dolor, pero tenía que moverse, porque si nom te vas. Ha sido un hombre muy luchador. Un luchador nato.
Luego se le fue complicando el tema azúcar [diabetes], que siempre ha tenido problemas, y la vista. Tenía suficientes motivos como para tirar la toalla, y más en este último tiempo.
El médico con el
que iba a diálisis en Girona, Jordi
Terradas, fue muy
importante en su vida. Ir tres días por semana a diálisis es muy duro pero con
este médico tuvo muy buena relación. [Además de la relación médico-paciente]
compartían música.
La casa la adaptamos en todo lo que pudimos. Había barandillas en todos los sitios.
A pesar de la dificultad que tenía en vestirse, se vestía él solo todos los días. Tardaba mucho, pero no quería ayuda. Yo a la ropa le ponía unos botones para que él supiera cuál era la parte de dentro del jersey, por ejemplo. En los pantalones, en la parte de delante, había unos cordones especiales. Todo para que él fuera lo más independiente posible.
Y afeitarse, se afeitó él solo hasta el último día. Y siempre perfecto, con su loción de afeitado incluída. Muy presumido. Como si tuviera visitas todos los días.
Manel lo que no quería era que la gente lo viera cómo se iba deteriorando. Había gente que le llamaba por teléfono para venir a visitarlo, y él decía que no, sobre todo cuando ya no veía.
Por teléfono hablaba mucho sobre todo con Enric Torres, y también con Lluís Ribas, y con Carmen Mas, la mujer de Esteban Maroto, que viven cerca, en Blanes. Con Albert Arribas, que es pintor y ha trabajado en el cine.
Estaba también Enric Violan, que trabaja en TV3 [la televisión autonómica de Cataluña] con el que tenía un vínculo muy bueno durante muchos años y de vez en cuando se veían. Con Jaume Figueras [con quien colaboró en el programa sobre cine Cinema 3] también hablaba y a veces venía, y salían a comer fuera y luego pasaban la tarde juntos, pero luego cuando a Figueras se le complicó la salud, ya sólo hablaban por teléfono. Manel fue muy feliz haciendo el trabajo que hacía en TV3. Todos los trabajos que ha hecho Manel ha sido una persona muy afortunada. Esto lo hemos hablado mucho. Desde la enfermedad que tuvo de pequeño [tuberculosis a los 8 años], que no podía salir de su casa durante un año, su padre le traía los libros y ahí empezó a consumir libros. Era escuchar radio y leer, leer y leer.
Dos buenos amigos que venían mucho de visita los últimos años eran Jep y Dani, con los que compartía películas, música, cómics.
Y también Pablo, mi pareja, con el que tenía largas conversaciones de libros y música. Cuando Manel empezó a tener un poco más de dificultad para moverse, dejamos de ir a casa de mis papás, y las fiestas de Navidad y Reyes, y su cumpleaños, lo hacíamos en su casa, preparando menús y extras para los tres.
Mi trabajo era prepararle una dieta correcta y cubrir las necesidades que tenía, en el aspecto de estado anímico. "Tenemos que hacer gimnasia. Hay que salir. Hay que moverse." Porque con los años todos nos vamos volviendo más cómodos y nos cuesta salir, nos molestan los ruidos de los coches, los niños que gritan... y si no te obligas un poco, te vas aislando. Yo intentaba que saliéramos a la calle todos los días, pero siempre hay aquellas excusas de "ay, vete a saber si va a llover". Como también intentar de buscar que esté motivado, que cuesta a veces.
Él se levantaba a las 6 de la mañana y yo llegaba a su casa a las 8 y media. Se levantaba tan pronto porque quería vestirse solo y afeitarse, y necesitaba su tiempo.
Luego venía otra chica que se encargaba de calentarle la comida y de limpiar la casa.
En el hospital se pensaban que éramos marido y mujer. Venían los médicos y me contaban todo. Y yo encantada porque necesitaba saber y así no tenía que ir detrás de los médicos para pedir información.
Nuestras charlas
eran de recuerdos pasados, buenos y malos. Él me enseñó del mundo de la música
clásica. De los viajes que hizo, de lo que más hablaba era de Venecia y El
Lido.
Con su marido Juan, fueron de las primeras parejas que se casaron en España.
Cuando se dedicó a traducir cómics, era muy exigente consigo mismo. Primero lo leía, luego lo iba traduciendo y buscaba siempre la palabra justa. Yo creo que en todos sus trabajos ha sido siempre muy exigente consigo mismo, muy perfeccionista.
Cuando perdió la
vista, a veces yo le ponía una película de las muchas que tiene en DVD y él la
escuchaba. Como ya la conocía, así ejercitaba la memoria. También le ponía
música, y, cuando estaba solo, recurría a Alexa [el asistente virtual por voz
de Amazon]. Compramos una televisión nueva que tuviera un mando que fuera por
vía oral, y escuchaba las noticias y alguna película.
Cuando tú lo entrevistaste ha sido muy feliz. Las conversaciones largas y agradables. Se quedaba muy a gusto. Y cuando se terminó, se quedó como "bueno... ya está...", con pena. Le sirvió mucho para recordar y trabajar la memoria.
Manel era un señor espléndido. En principio yo entré para trabajar cuatro horas, y me pagaba cinco, lo que ya te da a entender "un poquito" cómo era él.
Manel es una parte de mi vida muy importante y estoy agradecida de que esté siempre en mi vida, porque está.

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